
sábado, 27 de marzo de 2010
Cuántas veces, en el umbral del sueño

Una vez dispusieron mi camino

jueves, 18 de febrero de 2010
Sesión golfa

La frase propuesta: "Apareció en ese instante en la televisión la primera imagen que los astrofísicos habían logrado captar de la materia oscura."
Mi frase resultante: "¿Quién dice que el físico no importa? En el instante en que el astro rey desapareció en el cielo y en la sala oscura captó la primera visión de ella, entraron en materia y poco después ya gemían.")
RELATO:
La sesión golfa en los multicines del centro comercial quizás no fuera el lugar ideal para buscarse plan, pero yo funciono a menudo por asociación de ideas y la palabra golfa se ajustaba como anillo al dedo a mis pretensiones nocturnas. En época de vacas flacas, siempre temo a la noche de los sábados: por donde pasees la mirada, felices parejas alargando los preliminares; no hay prisa, tal vez no sepan muy bien dónde, pero sí cómo va a acabar su fiebre del sábado noche.
Mis noches de sábado últimamente andaban de capa caída. Del famoso título sólo coincidía aquello de la fiebre, adecuado eufemismo para el calentón que me nubla las ideas cuando empieza a oscurecer y en la tele sólo puedes escoger entre Informe Semanal y Salsa Rosa. ¿Dónde están las golfas cuando se las necesita? Ya saben a qué me refiero, y seguro que coincidirán conmigo en que dentro de la variada tipología femenina, la especie golfa ofrece innumerables ventajas: impagable el ahorro en pesadas ceremonias de conquista. La vida es demasiado corta para andarse por las ramas y en estos empeños más que nunca el tiempo es oro. Qué alegría toparse con uno de estos raros ejemplares... No me negarán que a la golfa se la reconoce enseguida: hay una sensación como de hermandad, el objetivo compartido asoma en cierto aire socarrón en los ojos. La golfa no necesita recurrir al coqueteo, le basta un par de miradas para encontrar a un compañero de faena o para ser encontrada.
Pero últimamente o no abundan o uno ha perdido encantos. En el garito de turno las miradas se han convertido en verdaderas radiografías. Tanta cautela y tanto estudio preliminar para acabar donde siempre se acaba, pero con el fastidioso añadido de la soga al cuello... Es una auténtica plaga; yo la llamo la especie cazadora: como des apto en la radiografía, tienes hembra hasta en la sopa, y de eso nada, lo que uno busca es una buena noche de sábado, bien febril y ante todo efímera: que no haya que regalar el oído ni ponerse profundo. No hay nada más simple: un polvo feliz y adiós muy buenas, un placer haberla conocido.
Y sin embargo, todavía a veces la fortuna le sonríe a uno. My blueberry nights en la sesión golfa del centro comercial. Apareció segundos antes de que se apagaran las luces: el físico adecuado y ese rastro de socarronería en los ojos cuando me descubrió en la sala semivacía, solo y casi hundido en la butaca. Los siguientes quince pasos los dio sin apartar sus ojos de los míos y cuando llegó a mi lado, la sonrisa también se dibujaba ya en sus labios. Y ahí estaba, por fin, esa feliz sensación de hermandad y la certeza de que días después tendría que bajarme de Internet la película, de la que sólo recuerdo la banda sonora, poniendo fondo musical a nuestra fiebre.
sábado, 13 de febrero de 2010
Daniela
Sin embargo Daniela, desde su escritorio en la recepción de la biblioteca adonde fui hace unos días a documentarme, lo ha traspapelado todo: los rizos anaranjados de su pelo parecen haber prendido fuego en mis archivos, donde ya todas las caras tienen sus rasgos y todas las tramas conducen hasta su mesa. La omnisciencia se me ha enredado en la flor rosa de croché que despeja de rizos su frente y ando ciego para todo lo que no sea su sonrisa, a tientas por entre las puertas cerradas de su interior.
Desde entonces vengo todos los días a esta biblioteca donde trabaja, en el último turno. Llega a las ocho y entonces parece que el neón de la sala adopta sus colores, agravando felizmente mi ceguera. Los estudiantes la saludan joviales, no tardarán en rodearla con sus peticiones y demandas, alargando la proximidad de su sonrisa o de sus ojos atentos con preguntas que los delatan, de puro retóricas. Podrían ser los secundarios de la historia que se me niega porque se me resiste la protagonista. Con ellos pongo a prueba mis viejas habilidades e intento recomponer mi archivo, lleno ahora de las frases que intercambian con Daniela y de las efusiones que ella les regala. Por ellas sé que Daniela es dada al halago de las palabras. A veces me abre alguna puerta más por la que asoman los libros que lee o las imágenes en las que se recrea. Por ellos sé que Daniela es aficionada a le lectura y a las artes plásticas. Lo demás, es materia oscura.
Este último fin de semana me torturó la ignorancia y me entretuve en idear modos de acercarme a su mesa y enredarla en una conversación que me devolviera la clarividencia perdida. Las horas que me separaban de la cita diaria a las ocho las dediqué a armarme de valor y de pretextos, pero el lunes y el martes pasaron de largo sin que el valor me asistiera.
Esta noche por fin me he acercado a su mesa, sosteniéndome en un libro descatalogado en el que mis manos temblorosas habrán dejado la huella de una presión singular. Blandiéndolo como si fuera más escudo que pretexto, apenas he podido iniciar mi frase: Daniela, pasando una mano por mi brazo, se ha levantado, "Disculpa un segundo, príncipe, enseguida estoy contigo", me ha dicho, y ha desaparecido entre las estanterías, dejando la sala sumida en la hiriente luminosidad del neón. Mientras esperaba su regreso, he estudiado los objetos que llenan su mesa hasta dar con un cuaderno abierto en el que estaban escritas en letras rojas las palabras que han dado al traste con mi vocación de narrador omnisciente: "A veces es difícil ser y lo que hay no siempre es lo que es y lo que es no es siempre lo que ves."
De vuelta en mi mesa, he decidido que no me importa la voz que escribe, mientras escriba de Daniela.
viernes, 12 de febrero de 2010
lunes, 8 de febrero de 2010
IDEAL, de Joan Margarit

Sombra amable: he esperado a que surgieses
desde el espejo de mis ojos,
y te he sentido cerca, en el balcón,
las noches de verano.
En los largos silencios es donde tú te enciendes,
como una luz de cal en pobres muros,
y en el presentimiento de otro mar
tras el mosaico azul del horizonte.
He puesto rosas rojas en el umbral
de esta casa vacía donde he estado esperándote
con vestidos de fiesta en la penumbra
sin saber quién eres, ni si vendrás nunca.
sábado, 6 de febrero de 2010
La mejor tumba es Sophie

Hace semanas que me desvelo. Suele ser alrededor de la misma hora, de madrugada. Una sensación extraña... Nada de duermevela, es como si alguien chasquease los dedos a mi lado. Entonces, abro los ojos, repentinamente, recobrando una conciencia muy lúcida de mi entorno. Los ojos como platos y la conciencia alerta, eso es.
La culpa es de Sophie. Todo yo soy culpa de Sophie. Yo quiere decir este yo: este yo que se desvela cada madrugada y luego recorre el mundo como un sonámbulo aturdido; este yo de ojos y hombros hundidos... Demasiadas imágenes en la memoria, entre sábana y sábana. Seguro que son ellas, las imágenes, las que chasquean los dedos: nada de soñar, mamarracho, me dicen, abre los ojos y afronta... Chúpate esta: la oscuridad, la soledad en esta cama enorme, afróntalo, míralo bien, siéntelo bien, el frío, el vacío, el deseo partido en dos, apúralo aquí y ahora, tú solito... nada de dejarte otra vez en reserva la letanía de lamentos con que tienes aburridos a tus amigos, ¿que no ves que te rehuyen, que cambian de acera cada vez que te ven venir a lo lejos? Apechuga, mamarracho, me gritan las imágenes, hártate de mirarnos, eso me dicen, pero yo no me harto, ¿cómo me voy a hartar si me la devuelven entera y mía? Sophie metiéndoseme en la bañera, riendo... ¡Dios!, la risa de Sophie, (¿cómo era aquello de Neruda...? Lo de la risa que cae como un halcón desde una brusca torre...), eso es, Cotazos dice que tu risa cae..., la risa de Sophie; Sophie probando algo de mi cuchara, su boca, sus labios; Sophie en pijama, despeinada; Sophie en mi casa, en mi sofá, en mi cama... Y ahora en mi cabeza, en mi vigilia, en la urgencia que se me desboca por las manos, en las ganas de suplicar que vuelva, por Dios, que vuelva... ¿Cómo voy a hartarme de mirarla?
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Tengo sueño, Sophie... Ven, acuéstate aquí. ¿Te acuerdas cuando te acurrucabas por detrás, adhiriendo tu cuerpo a mi espalda? Ronroneabas plácida, vencida por el sueño, y a mí apenas me quedaba voz para susurrarte que podría morirme ahora..., entonces, en la tibieza acogedora de tu cuerpo en mi espalda.
viernes, 5 de febrero de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
La danza, de Matisse

Ramón Lobo: Islas silenciosas

Espero que Ramón Lobo no se enfade si le pido prestado este texto: me encanta. En azul, como todos mis préstamos y todas mis deudas.
Soy periodista y vivo inmerso en la sociedad de la comunicación y a pesar de ello me siento a menudo incomunicado, solo, incapaz de entender a los otros, incapaz de explicarme a los demás. Vivo en un mundo que parece un mar lleno de islas. De vez en cuando dos Robinson Crusoe con el chaleco antisentimientos puesto intercambian señales con banderas, pero nadie les ha entregado un manual ni explicado qué significa cada una de ellas. Mientras el Robinson de la isla A cree entender que se avecina un día soleado y lo toma como una invitación a acercarse, el de la B se afana en advertirle de que amenaza tormenta y es mejor la distancia para evitar colisiones.
Me gusta sentarme los domingos en la plaza de Oriente de Madrid y observar a las islas navegar por las aceras enarbolando sus miedos y soñar un ratito que no soy una de ellas, sino tierra firme a salvo de mí mismo, banderas de colores y tempestades.
lunes, 1 de febrero de 2010
TRANSBORDO

Al bajar del tren, sofocada por la atmósfera excesivamente cálida del compartimento, había agradecido el golpe de frío en las mejillas, pero unos segundos después un escalofrío le recorrió el cuerpo. Permaneció de pie en el andén, sujetando la maleta, paralizada por la desorientación. La estación parecía desierta. El viento batía rítmicamente la puerta de la cafetería cerrada y silbaba entre la vegetación diseminada más allá de las vías, en la amplia extensión de campo que se extendía hacia el horizonte montañoso, velado por la niebla. No puedo entender que hayas perdido ese tren, no en un día como hoy, le había dicho Joaquín en un susurro de dientes apretados, mientras ella guardaba un silencio obstinado y lo imaginaba -siempre tan previsible- rodeado de viajeros y sonidos, cabizbajo, sujetando el móvil y andando en círculos, como un felino enjaulado.
Buscó en vano un panel de horarios y se dirigió al minúsculo edificio para resguardarse. La ventanilla del único mostrador estaba vacía. Unos metros más allá, otra puerta se abría frente a una explanada polvorienta, en cuyo centro se alzaba un bar destartalado. El viento agitaba el toldo y los carteles publicitarios. Cerró también aquella segunda puerta y la envolvió un silencio denso, interrumpido sólo por el parpadeo de uno de los tubos de neón.
Si no hubiera perdido el tren..., pensó, y ya no logró ahuyentar el disgusto, cada vez más acobardada por la lúgubre soledad del recinto. Decidió salir de nuevo al andén a pesar del frío, convencida de que allí se sentiría menos expuesta a la aprensión de inseguridad que le asaltaba. Quiso encenderse un ciagrrillo y al darle la espalda al viento vio a lo lejos, en uno de los escasos bancos dispuestos sobre el andén, a un hombre y una mujer. Él estaba sentado y extendía los brazos sobre el respaldo; ella, echada, mantenía la cabeza apoyada en sus piernas. Dio unos pasos desganados en su dirección, fijó la vista y enseguida se dio la vuelta con un movimiento brusco, al comprobar que la mujer estaba tendida boca abajo y movía rítmicamente la cabeza sobre él. Entró con prisa en el recinto de la estación, donde volvió a sentarse con un ademán de abatimiento.
Apenas habían transcurrido diez minutos.
Había querido perder el tren. En realidad, habría querido perder todos los trenes que condujeran de vuelta hacia él. Aquella mañana se había demorado expresamente, enredándose en quehaceres absurdos para dilatar el tiempo; había hecho y deshecho una y otra vez el equipaje, escudándose en una indecisión postiza sobre la ropa adecuada, y había marcado repetidamente las primeras cifras del número de Joaquín, tentada de declinar definitivamente su invitación.
Y ahora estaba en la sala desierta de una estación despoblada, en medio de un páramo batido por gélidos vientos, a unos metros de una mujer que le hacía una mamada a un tío tan torpe como para dejar sus manos quietas en el respaldo del banco, y esperando un tren que la devolvería a su antigua vida, a su relación de manos torpes, de páramos batidos por gélidos vientos, de salas desiertas y de trenes perdidos.
Con un clic repentino se puso en marcha una voz femenina anunciando la llegada del tren con destino a Málaga en el andén dos. Apagó el móvil, salió del edificio y se adentró en el paso subterráneo que cruzaba la vía hacia el segundo andén. El banco a unos metros frente a ella estaba de nuevo vacío. Una faena rápida, pensó, y con una sonrisa volvió la cabeza hacia la izquierda, donde ya se adivinaba la silueta lejana de un tren de regreso que no iba a perder.
domingo, 31 de enero de 2010
84 Charing Cross Road, de Helene Hanff

Un día, en octubre de 1949, Helene Hanff, una joven escritora desconocida, envía una carta desde Nueva York a Marks&Co., la librería situada en el 84 de Charing Cross Road, en Londres. Apasionada, maniática, extravagante y muchas veces sin un duro, la señorita Hanff le reclama al librero Frank Doel volúmenes poco menos que inencontrables para apaciguar su insaciable sed de descubrimientos. Se trata siempre de libros que ya ha leído a través del préstamo bibliotecario, y que quiere poseer y releer. Veinte años después, continúan escribiéndose y la familiaridad se ha convertido en una intimidad casi amorosa.
La escritora no consigue reunir el dinero necesario para viajar a Londres hasta 1971 y gracias al éxito de ventas que logró publicando estas cartas de su correspondencia con el librero Frank Doel, pero para entonces, Frank Doel ya estaba muerto y la librería había dejado de existir.
sábado, 30 de enero de 2010
BARCELÓ, OBRA AFRICANA

Al llegar la tarde, cogía el tranvía en las concurridas calles del centro y se bajaba en la estación de Littenweiler, a pocos metros de la academia donde aprendía alemán. El aula era su Babel particular, un reducido segmento del mundo: europeos de tez pálida junto a palestinos de piel canela; kurdos, iraníes, africanos, hindúes, latinoamericanos, japoneses... Todas las razas, las lenguas más variopintas reunidas en torno al círculo que trazaban los pupitres, sobre el todavía inhóspito suelo del idioma alemán.
Nunca volvió a ser su vida tan vertiginosa ni tan apasionante como lo fue durante aquellos meses en el espacio multicolor de un aula donde aprendió mucho más que un idioma: que a veces se agotan las fronteras, que vivir puede ser sinónimo de huir, que no hay anfitrión más solícito que el que ha sido fugitivo ni risa más franca que la de quien ha tenido muy cerca la desgracia.
Allí conoció a Mersad y vio por primera vez las cicatrices que deja en la carne la metralla, adivinando sólo las que deja en el corazón; allí charló a duras penas con Hassan y escuchó por primera vez el nombre de Kurdistán, pronunciado con la larga pesadumbre del apátrida; allí imitó las frases en esperanto que oyó de labios de Nasser, el iraní cristiano huido de su país tras la revolución islámica; allí aprendió con Bora y con Anani las contorsiones imposibles de los bailes africanos y comió a su mesa como lo hacían ellos, con las manos, un puré tan picante que le llenó los ojos de lágrimas y la boca de pequeñas llagas, mientras Anani se desternillaba de la risa.
La muchacha encinta en el mercado tiene las redondeces de Bora, su mismo pelo crespo, su mismo largo cuello. Y aunque el pincel no ha mostrado su boca, sabe que se reirá como se reía ella cuando bailaba, con esa misma risa franca, sonora, de enormes dientes blancos.
TRAGICOMEDIA

A un público ajeno le aterrará probablemente la cruel apariencia del Solespino: fascinado por su majestuosa cabeza de águila, le augurará en un primer momento la victoria, pero una mirada más atenta le descubrirá a una criatura más bien menuda, aunque ataviada con atributos capaces de infligir graves heridas: su lomo curvo lo cubre un manto de espinas semejantes a las del puercoespín, afiladas y negras como noche sin luna. Sus largas y flexibles patas le proporcionan agilidad para abarcar en breve carrera los cuatro costados del ring en que han convertido mi cabeza. De su extremo posterior sobresale de entre una mata de pelos como cerdas un poderoso aguijón de efectos narcóticos. Pero su cuerpo oculta al ojo distraído un vientre acolchado, mullido, acogedor como una almohada de plumas. Conocí su suavidad en las jornadas de tregua, cuando se tumbaba para observar largamente a su enemigo y prestarle un espejismo de ventaja. Así es la esquizofrenia con que aturde mi cabeza el Solespino, rodeándome de una soledad que suele ser hiriente y que, sin embargo, en ocasiones resulta acogedora.
Su oponente, el Vitaronte, se granjearía fácilmente las simpatías de este público. Su cuerpo orondo y robusto se apoya sobre cuatro patas como troncos, con largas uñas torcidas a modo de raíces. Celebraría sin duda su cabeza de mono burlón y risueño, sus enormes dientes dibujando sonrisas, y aplaudiría sus frecuentes muecas, aunque a veces rayen en la estridencia. Tardaría en descubrir, oculta tras un menudo rabo de rinoceronte, una hendidura que incita a la lascivia cuando se contonea como un metrónomo al compás de su oscilación. Pronto comprendería que el Vitaronte es goloso, hedonista y ególatra y que su fuerza, pero también su debilidad, emanan en igual medida de su obstinada dedicación al placer.
Sobre la hostilidad del Solespino y del Vitaronte se ha construido mi existencia, y así ando, perdido, de mí mismo a mí mismo, títere y no actor en la incesante tragicomedia de la vida.
FINAL ALTERNATIVO (Nueva historia de Teresa y el Pijoaparte)

De pie frente al ventanal, Manolo fumaba un cigarrillo. Miró de reojo a Teresa, que parecía enfrascada en la lectura del periódico. Elegante como cuando la conoció, su ropa ya no intentaba disfrazar con tejanos y deportivas de boutique a la mujer rica que siempre fue. Se había aburguesado definitivamente y lucía finas blusas de seda, trajes de chaqueta y joyas sin que le torturara ya la mala conciencia de la transgresora izquierdista que quiso ser, hace tanto tiempo. A Manolo, al principio, le había aliviado que por fin se acabaran las charlas en tono de mitin, el apasionamiento ridículo con que siempre había pretendido despertar su conciencia de clase, como si su clase fuera algo de lo que tuviera que estar orgulloso, como si no llevara toda la vida intentando salir del arroyo, limpiarse la mugre miserable de sus orígenes y trepar a donde estaban ella y los suyos, esos perdonavidas ricachones que en su presencia parecían avergonzarse de su cuenta corriente, sin dejar por ello de exhibirla a diario en forma de conversaciones ininteligibles, entre cubatas saboreados junto a las piscinas de sus magníficas torres.
Cuánto había deseado su cuerpo en aquellas mañanas de playa, su piel tostada, las vetas doradas de su pelo, mientras acompañaba con fastidio a la criadita acomplejada por el bikini prestado de la señorita. Pero aquellas sí eran carnes, piensa ahora, recordando las redondeces pálidas y prietas de Maruja, sus muslos rotundos y fuertes rodeándolo, amarrándolo a su vientre. Simple, humilde Maruja, invisible cuando aparecían Teresa y su inconsciente sofisticación.
La voz untuosa de Teresa a su espalda lo sacó de su ensimismamiento:
- Manel, tresor, em dones una cigarreta, si us plau?
- ¡A mí me hablas en cristiano, carajo!- le espetó Manolo, volviéndose bruscamente hacia ella, -Manel p'acá, Manel p'allá- siguió diciendo- ¡qué mariconada de nombre!- Y mientras gritaba entre aspavientos le parecía oírla, la voz recia y ajetreada de Maruja diciendo su nombre cuando él aparecía sin aviso por la torre; su voz juguetona y risueña cuando le metía mano por debajo de la falda, "Ay, Manolo, bruto..."
Se alejó del salón entre improperios, añorando de pronto el sonido estridente de aquellas motos que robaba para recorrer en una carrera ciega y vertiginosa el extrarradio de Barcelona; añorando al que fue, el Pijoaparte en volandas por la carretera, hecho un pincel para colarse en las fiestas de los niños ricos de la alta burguesía catalana y enfrentar con altanería el recelo de las miradas, llevándose luego a la grupa a la criadita ardiente, pero esta vez para no soltarla más.
En el salón, Teresa lo siguió con la mirada hasta que desapareció, después carraspeó levemente, se atusó el pelo con un tintineo de pulseras y pasó la página del periódico, revisando el siguiente titular.
viernes, 29 de enero de 2010
Participaron con sus relatos:
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