
martes, 2 de febrero de 2010
La danza, de Matisse

Ramón Lobo: Islas silenciosas

Espero que Ramón Lobo no se enfade si le pido prestado este texto: me encanta. En azul, como todos mis préstamos y todas mis deudas.
Soy periodista y vivo inmerso en la sociedad de la comunicación y a pesar de ello me siento a menudo incomunicado, solo, incapaz de entender a los otros, incapaz de explicarme a los demás. Vivo en un mundo que parece un mar lleno de islas. De vez en cuando dos Robinson Crusoe con el chaleco antisentimientos puesto intercambian señales con banderas, pero nadie les ha entregado un manual ni explicado qué significa cada una de ellas. Mientras el Robinson de la isla A cree entender que se avecina un día soleado y lo toma como una invitación a acercarse, el de la B se afana en advertirle de que amenaza tormenta y es mejor la distancia para evitar colisiones.
Me gusta sentarme los domingos en la plaza de Oriente de Madrid y observar a las islas navegar por las aceras enarbolando sus miedos y soñar un ratito que no soy una de ellas, sino tierra firme a salvo de mí mismo, banderas de colores y tempestades.
sábado, 30 de enero de 2010
BARCELÓ, OBRA AFRICANA

Al llegar la tarde, cogía el tranvía en las concurridas calles del centro y se bajaba en la estación de Littenweiler, a pocos metros de la academia donde aprendía alemán. El aula era su Babel particular, un reducido segmento del mundo: europeos de tez pálida junto a palestinos de piel canela; kurdos, iraníes, africanos, hindúes, latinoamericanos, japoneses... Todas las razas, las lenguas más variopintas reunidas en torno al círculo que trazaban los pupitres, sobre el todavía inhóspito suelo del idioma alemán.
Nunca volvió a ser su vida tan vertiginosa ni tan apasionante como lo fue durante aquellos meses en el espacio multicolor de un aula donde aprendió mucho más que un idioma: que a veces se agotan las fronteras, que vivir puede ser sinónimo de huir, que no hay anfitrión más solícito que el que ha sido fugitivo ni risa más franca que la de quien ha tenido muy cerca la desgracia.
Allí conoció a Mersad y vio por primera vez las cicatrices que deja en la carne la metralla, adivinando sólo las que deja en el corazón; allí charló a duras penas con Hassan y escuchó por primera vez el nombre de Kurdistán, pronunciado con la larga pesadumbre del apátrida; allí imitó las frases en esperanto que oyó de labios de Nasser, el iraní cristiano huido de su país tras la revolución islámica; allí aprendió con Bora y con Anani las contorsiones imposibles de los bailes africanos y comió a su mesa como lo hacían ellos, con las manos, un puré tan picante que le llenó los ojos de lágrimas y la boca de pequeñas llagas, mientras Anani se desternillaba de la risa.
La muchacha encinta en el mercado tiene las redondeces de Bora, su mismo pelo crespo, su mismo largo cuello. Y aunque el pincel no ha mostrado su boca, sabe que se reirá como se reía ella cuando bailaba, con esa misma risa franca, sonora, de enormes dientes blancos.
viernes, 29 de enero de 2010
ANGIE

La buena gente merecería tener una Angie como la mía en su vida. A mí me queda mucho que andar para merecerla, por eso agradezco tanto que me fuese regalada.
Al calor de la lumbre
Para los más afortunados, la Navidad conserva aún en su esencia ese brillo tenue que iluminaba los rostros de los reunidos en torno a la lumbre del hogar. Los miembros de una familia, desperdigados por la geografía o simplemente sumidos en la distancia mental que impone la servidumbre cotidiana del trabajo, acuden a la casa paterna. El encuentro se celebra en la mesa, alrededor de una cena o un almuerzo que nunca son como las cenas y los almuerzos habituales del resto del año, sino siempre más abundantes, más esmerados, más lujosos. Se ponen los mejores manteles, se usa la mejor vajilla, la mejor cristalería, y también las conversaciones festejan la calidad y los placeres de la buena mesa. El fuego del hogar se adorna con las luces de la celebración.
Dicen que la familia tradicional está en peligro, amenazada por el creciente número de modelos alternativos de convivencia, que conducen a su desintegración. Los que ponen el grito en el cielo (literalmente), los que se escandalizan y buscan a los culpables de tal amenaza, olvidan que lo tradicional en la familia no lo aporta la naturaleza de sus miembros, sino los vínculos que se establecen entre ellos: es precisamente la existencia de esos vínculos, de esos lazos emocionales y sentimentales, la que crea a la familia, la que la convierte en núcleo que desprende calor, que regala abrigo, llegando a ser hogar, lugar de luces y de lumbres, acogedor y cálido.
Donde hay hogar, ahí está la familia. Qué triste que precisamente en estas fechas tan familiares, tan hogareñas, sean tantos, o al menos tan ruidosos, los que sólo conciben el calor de sus propias lumbres y se empeñan en ver intemperie y frío en las lumbres ajenas y alternativas. La intemperie y el frío existen, sí, y están muy cerca: allí donde no llegan la solidaridad, la tolerancia y el respeto.
(Enero de 2008)
