BLOG DE ADA VALERO
Relatos, reflexiones, artículos de opinión, citas, imágenes que valen más que mil palabras, palabras que valen más que mil imágenes, música y músicos, películas, libros... Todo lo que me gusta compartir. Desde este Rincón a vuestros rincones.
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martes, 2 de febrero de 2010

La danza, de Matisse



"Detenerse a tiempo, esa es la primera regla del arte, y Matisse lo sabía cuando pintó su famosa composición La danza, en la que cinco muchachas desnudas bailan agarradas de las manos, formando un círculo con la guirnalda de sus brazos. (...) Es difícil encontrar un cuadro que exprese mejor la dicha de vivir. Da la sensación de que al espectador le bastaría con agarrarse de esas manos libres aún para ensanchar el círculo y sumarse al baile. (...) Basta con desnudar la memoria y aceptar como un don de los dioses la belleza que un día te fue regalada sin más, para que esas muchachas de Matisse te admitan con gusto en la danza."
Manuel Vicent: El vacío

Ramón Lobo: Islas silenciosas



Espero que Ramón Lobo no se enfade si le pido prestado este texto: me encanta. En azul, como todos mis préstamos y todas mis deudas.

Soy periodista y vivo inmerso en la sociedad de la comunicación y a pesar de ello me siento a menudo incomunicado, solo, incapaz de entender a los otros, incapaz de explicarme a los demás. Vivo en un mundo que parece un mar lleno de islas. De vez en cuando dos Robinson Crusoe con el chaleco antisentimientos puesto intercambian señales con banderas, pero nadie les ha entregado un manual ni explicado qué significa cada una de ellas. Mientras el Robinson de la isla A cree entender que se avecina un día soleado y lo toma como una invitación a acercarse, el de la B se afana en advertirle de que amenaza tormenta y es mejor la distancia para evitar colisiones.

Me gusta sentarme los domingos en la plaza de Oriente de Madrid y observar a las islas navegar por las aceras enarbolando sus miedos y soñar un ratito que no soy una de ellas, sino tierra firme a salvo de mí mismo, banderas de colores y tempestades.

sábado, 30 de enero de 2010

BARCELÓ, OBRA AFRICANA


Deambulaba contrariada por la sala de exposiciones. Detuvo el paso frente a un grupo de acuarelas. Muchacha encinta en el mercado, leyó. El colorido intenso de las imágenes le llenó los ojos, hundidos hasta entonces por las luces opresivas del neón. Enseguida le asaltó una oleada de evocaciones involuntarias, plantándole escenas antiguas ante los ojos del recuerdo, tan nítidas como las acuarelas que contemplaba. La sala se fue transformando al ritmo que se desplegaba la memoria. En el instante siguiente, Málaga quedaba ya tan lejos como el África negra retratada por Barceló: se veía recorriendo los pasillos de aquella academia en una pulcra ciudad del sur de Alemania. Acababa de cumplir 19 años y saboreaba a fondo el vértigo de la lejanía y del descubrimiento. El gélido invierno alemán, los cielos interminablemente plomizos, los sonidos cortantes de aquel idioma endiablado, todo lo acogía con curiosidad, porque vivir era todavía atravesar estaciones de paso con una gratificante sensación de transitoriedad.
Al llegar la tarde, cogía el tranvía en las concurridas calles del centro y se bajaba en la estación de Littenweiler, a pocos metros de la academia donde aprendía alemán. El aula era su Babel particular, un reducido segmento del mundo: europeos de tez pálida junto a palestinos de piel canela; kurdos, iraníes, africanos, hindúes, latinoamericanos, japoneses... Todas las razas, las lenguas más variopintas reunidas en torno al círculo que trazaban los pupitres, sobre el todavía inhóspito suelo del idioma alemán.
Nunca volvió a ser su vida tan vertiginosa ni tan apasionante como lo fue durante aquellos meses en el espacio multicolor de un aula donde aprendió mucho más que un idioma: que a veces se agotan las fronteras, que vivir puede ser sinónimo de huir, que no hay anfitrión más solícito que el que ha sido fugitivo ni risa más franca que la de quien ha tenido muy cerca la desgracia.
Allí conoció a Mersad y vio por primera vez las cicatrices que deja en la carne la metralla, adivinando sólo las que deja en el corazón; allí charló a duras penas con Hassan y escuchó por primera vez el nombre de Kurdistán, pronunciado con la larga pesadumbre del apátrida; allí imitó las frases en esperanto que oyó de labios de Nasser, el iraní cristiano huido de su país tras la revolución islámica; allí aprendió con Bora y con Anani las contorsiones imposibles de los bailes africanos y comió a su mesa como lo hacían ellos, con las manos, un puré tan picante que le llenó los ojos de lágrimas y la boca de pequeñas llagas, mientras Anani se desternillaba de la risa.
La muchacha encinta en el mercado tiene las redondeces de Bora, su mismo pelo crespo, su mismo largo cuello. Y aunque el pincel no ha mostrado su boca, sabe que se reirá como se reía ella cuando bailaba, con esa misma risa franca, sonora, de enormes dientes blancos.
***

viernes, 29 de enero de 2010

ANGIE


Angie era (y es) la mayor. Era fácil ser su hermana, sobre todo era fácil ser la que venía justo detrás y apurar la indolencia infantil que ella no siempre pudo disfrutar por tener que ser la responsable, la que cuidase de los más pequeños o se encargara de mantener el orden cuando mis padres no estaban en casa. Y qué bien lo ha hecho siempre, cuidar de mí... Empezó muy pequeña: sólo tendría seis años, como mucho, cuando la llamaron al aula de parvulitos para que me enseñase a saltar a la pata coja alrededor de la línea que circundaba la clase (qué terrible sentido de la pedagogía el de aquella maestra, que no supo ver su apuro, y el mío al percibir el de ella...). Era un poco cicatera con lo que mi hermano y yo considerábamos su gran privilegio de hermana mayor: ocupar la cama de arriba de la litera. Aquel era su reino secretamente envidiado, por eso cuando me permitía subirme allí con ella para jugar juntas con la Nancy, sentía el orgullo de los elegidos. Desde entonces no he dejado de sentirlo cuando me dedica su cariño. Ella tal vez no lo sepa, pero siempre la miré (y la admiré) desde un sentimiento que, por comparación, se parecía a la insignificancia: Angie era madura e independiente, Angie no parecía necesitar la aprobación externa para ser ella misma, Angie hablaba un inglés que me sonaba al más perfecto británico, Angie tocaba la guitarra y cantaba como nadie "The Boxer"... Con 17 años se fue a Estados Unidos por espacio de un año, dejándome un poco huérfana. Jamás olvidaré la imagen de su regreso: estábamos en esta misma casa donde aún vivo: me asomé al balcón cuando ella salía del coche en que la traían mis padres. En una mano llevaba su guitarra. Se había operado en ella una transformación que me la devolvía bajo una luz nueva, tremendamente favorecedora: ella, que antes había sido reservada y poco expresiva, había adquirido eso que se llama "mundo" y así creció mi admiración: Angie había ampliado horizontes y había sabido llevarse buenas prendas de ellos: la extroversión, la flexibilidad, la conversación rica y honda, una gracia incomparable para contar chistes y una vitalidad que no ha decaído en todos estos años y que la convierte siempre en la chispa de las reuniones familiares y de amigos, la capacidad de entusiasmarse, por muy descreída que se considere ella, y de contagiar su entusiasmo. Mi hermana es una casa luminosa y acogedora, un lugar al que siempre se desea volver; es cálida y confortable como esa chimenea que ha encendido hoy para entrar en calor; también es a menudo mi rasero, por el que mido muchos de mis actos con la prevención de quien no se siente segura de estar a su altura, pero con la certeza de que rellenará con cariño la desproporción, porque nadie como ella sabe ser indulgente cuando le toca ser juez de mis muchos desvaríos. Hace tiempo que es mucho más que mi hermana mayor: encarna como nadie la palabra hogar: es ese espacio donde una sabe que encontrará refugio y abrigo, un oído atento y un consejo sabio, buena música y emotividad a raudales.
La buena gente merecería tener una Angie como la mía en su vida. A mí me queda mucho que andar para merecerla, por eso agradezco tanto que me fuese regalada.
***

Al calor de la lumbre

La palabra hogar proviene del latín focus. Designaba, y aún lo hace, el lugar de la casa donde se encendía la lumbre, en torno a la que a lo largo de los siglos se han desarrollado y organizado la vida de las familias. La relación con el fuego se presta a perfilar una imagen del entorno familiar marcada por sensaciones cálidas y acogedoras. Lo sabe bien quien ha conocido la intemperie de la distancia y la soledad; lo saben los ausentes, los que conocen el exilio, la persecución; los desplazados y los refugiados forzosos; los que lloran la ausencia de algún ser querido, de alguno de esos allegados que en vida poblaron el hogar y lo convirtieron en foco de calor y abrigo.
Para los más afortunados, la Navidad conserva aún en su esencia ese brillo tenue que iluminaba los rostros de los reunidos en torno a la lumbre del hogar. Los miembros de una familia, desperdigados por la geografía o simplemente sumidos en la distancia mental que impone la servidumbre cotidiana del trabajo, acuden a la casa paterna. El encuentro se celebra en la mesa, alrededor de una cena o un almuerzo que nunca son como las cenas y los almuerzos habituales del resto del año, sino siempre más abundantes, más esmerados, más lujosos. Se ponen los mejores manteles, se usa la mejor vajilla, la mejor cristalería, y también las conversaciones festejan la calidad y los placeres de la buena mesa. El fuego del hogar se adorna con las luces de la celebración.
Dicen que la familia tradicional está en peligro, amenazada por el creciente número de modelos alternativos de convivencia, que conducen a su desintegración. Los que ponen el grito en el cielo (literalmente), los que se escandalizan y buscan a los culpables de tal amenaza, olvidan que lo tradicional en la familia no lo aporta la naturaleza de sus miembros, sino los vínculos que se establecen entre ellos: es precisamente la existencia de esos vínculos, de esos lazos emocionales y sentimentales, la que crea a la familia, la que la convierte en núcleo que desprende calor, que regala abrigo, llegando a ser hogar, lugar de luces y de lumbres, acogedor y cálido.

Donde hay hogar, ahí está la familia. Qué triste que precisamente en estas fechas tan familiares, tan hogareñas, sean tantos, o al menos tan ruidosos, los que sólo conciben el calor de sus propias lumbres y se empeñan en ver intemperie y frío en las lumbres ajenas y alternativas. La intemperie y el frío existen, sí, y están muy cerca: allí donde no llegan la solidaridad, la tolerancia y el respeto.
(Enero de 2008)