BLOG DE ADA VALERO
Relatos, reflexiones, artículos de opinión, citas, imágenes que valen más que mil palabras, palabras que valen más que mil imágenes, música y músicos, películas, libros... Todo lo que me gusta compartir. Desde este Rincón a vuestros rincones.

lunes, 8 de febrero de 2010

IDEAL, de Joan Margarit


Sombra amable: he esperado a que surgieses
desde el espejo de mis ojos,
y te he sentido cerca, en el balcón,
las noches de verano.
En los largos silencios es donde tú te enciendes,
como una luz de cal en pobres muros,
y en el presentimiento de otro mar
tras el mosaico azul del horizonte.
He puesto rosas rojas en el umbral
de esta casa vacía donde he estado esperándote
con vestidos de fiesta en la penumbra
sin saber quién eres, ni si vendrás nunca.

sábado, 6 de febrero de 2010

La mejor tumba es Sophie


(Ejercicio del taller con el surrealismo: el título resulta de un juego de palabras cazadas al azar; a partir de él, deben brotar las imágenes)

Hace semanas que me desvelo. Suele ser alrededor de la misma hora, de madrugada. Una sensación extraña... Nada de duermevela, es como si alguien chasquease los dedos a mi lado. Entonces, abro los ojos, repentinamente, recobrando una conciencia muy lúcida de mi entorno. Los ojos como platos y la conciencia alerta, eso es.
La culpa es de Sophie. Todo yo soy culpa de Sophie. Yo quiere decir este yo: este yo que se desvela cada madrugada y luego recorre el mundo como un sonámbulo aturdido; este yo de ojos y hombros hundidos... Demasiadas imágenes en la memoria, entre sábana y sábana. Seguro que son ellas, las imágenes, las que chasquean los dedos: nada de soñar, mamarracho, me dicen, abre los ojos y afronta... Chúpate esta: la oscuridad, la soledad en esta cama enorme, afróntalo, míralo bien, siéntelo bien, el frío, el vacío, el deseo partido en dos, apúralo aquí y ahora, tú solito... nada de dejarte otra vez en reserva la letanía de lamentos con que tienes aburridos a tus amigos, ¿que no ves que te rehuyen, que cambian de acera cada vez que te ven venir a lo lejos? Apechuga, mamarracho, me gritan las imágenes, hártate de mirarnos, eso me dicen, pero yo no me harto, ¿cómo me voy a hartar si me la devuelven entera y mía? Sophie metiéndoseme en la bañera, riendo... ¡Dios!, la risa de Sophie, (¿cómo era aquello de Neruda...? Lo de la risa que cae como un halcón desde una brusca torre...), eso es, Cotazos dice que tu risa cae..., la risa de Sophie; Sophie probando algo de mi cuchara, su boca, sus labios; Sophie en pijama, despeinada; Sophie en mi casa, en mi sofá, en mi cama... Y ahora en mi cabeza, en mi vigilia, en la urgencia que se me desboca por las manos, en las ganas de suplicar que vuelva, por Dios, que vuelva... ¿Cómo voy a hartarme de mirarla?
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Tengo sueño, Sophie... Ven, acuéstate aquí. ¿Te acuerdas cuando te acurrucabas por detrás, adhiriendo tu cuerpo a mi espalda? Ronroneabas plácida, vencida por el sueño, y a mí apenas me quedaba voz para susurrarte que podría morirme ahora..., entonces, en la tibieza acogedora de tu cuerpo en mi espalda.
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viernes, 5 de febrero de 2010

martes, 2 de febrero de 2010

La danza, de Matisse



"Detenerse a tiempo, esa es la primera regla del arte, y Matisse lo sabía cuando pintó su famosa composición La danza, en la que cinco muchachas desnudas bailan agarradas de las manos, formando un círculo con la guirnalda de sus brazos. (...) Es difícil encontrar un cuadro que exprese mejor la dicha de vivir. Da la sensación de que al espectador le bastaría con agarrarse de esas manos libres aún para ensanchar el círculo y sumarse al baile. (...) Basta con desnudar la memoria y aceptar como un don de los dioses la belleza que un día te fue regalada sin más, para que esas muchachas de Matisse te admitan con gusto en la danza."
Manuel Vicent: El vacío

Ramón Lobo: Islas silenciosas



Espero que Ramón Lobo no se enfade si le pido prestado este texto: me encanta. En azul, como todos mis préstamos y todas mis deudas.

Soy periodista y vivo inmerso en la sociedad de la comunicación y a pesar de ello me siento a menudo incomunicado, solo, incapaz de entender a los otros, incapaz de explicarme a los demás. Vivo en un mundo que parece un mar lleno de islas. De vez en cuando dos Robinson Crusoe con el chaleco antisentimientos puesto intercambian señales con banderas, pero nadie les ha entregado un manual ni explicado qué significa cada una de ellas. Mientras el Robinson de la isla A cree entender que se avecina un día soleado y lo toma como una invitación a acercarse, el de la B se afana en advertirle de que amenaza tormenta y es mejor la distancia para evitar colisiones.

Me gusta sentarme los domingos en la plaza de Oriente de Madrid y observar a las islas navegar por las aceras enarbolando sus miedos y soñar un ratito que no soy una de ellas, sino tierra firme a salvo de mí mismo, banderas de colores y tempestades.

lunes, 1 de febrero de 2010

TRANSBORDO


Cuando descendió del tren se intensificó el pellizco de ansiedad que le había acompañado durante todo el trayecto. En la estación de Ronda, Joaquín seguiría esperando su llegada con creciente impaciencia, alimentando el resentimiento que luego le tocaría apaciguar. Al verla, seguro que repetiría el rosario de reproches pronunciados unos minutos antes a través del móvil, mientras ella desistía de antemano de inventar excusas plausibles para justificar su retraso. Había perdido el tren directo del mediodía y ahora debía hacer transbordo y esperar durante hora y media la conexión a Ronda en aquella estación minúscula perdida en medio de la nada.
Al bajar del tren, sofocada por la atmósfera excesivamente cálida del compartimento, había agradecido el golpe de frío en las mejillas, pero unos segundos después un escalofrío le recorrió el cuerpo. Permaneció de pie en el andén, sujetando la maleta, paralizada por la desorientación. La estación parecía desierta. El viento batía rítmicamente la puerta de la cafetería cerrada y silbaba entre la vegetación diseminada más allá de las vías, en la amplia extensión de campo que se extendía hacia el horizonte montañoso, velado por la niebla. No puedo entender que hayas perdido ese tren, no en un día como hoy, le había dicho Joaquín en un susurro de dientes apretados, mientras ella guardaba un silencio obstinado y lo imaginaba -siempre tan previsible- rodeado de viajeros y sonidos, cabizbajo, sujetando el móvil y andando en círculos, como un felino enjaulado.
Buscó en vano un panel de horarios y se dirigió al minúsculo edificio para resguardarse. La ventanilla del único mostrador estaba vacía. Unos metros más allá, otra puerta se abría frente a una explanada polvorienta, en cuyo centro se alzaba un bar destartalado. El viento agitaba el toldo y los carteles publicitarios. Cerró también aquella segunda puerta y la envolvió un silencio denso, interrumpido sólo por el parpadeo de uno de los tubos de neón.
Si no hubiera perdido el tren..., pensó, y ya no logró ahuyentar el disgusto, cada vez más acobardada por la lúgubre soledad del recinto. Decidió salir de nuevo al andén a pesar del frío, convencida de que allí se sentiría menos expuesta a la aprensión de inseguridad que le asaltaba. Quiso encenderse un ciagrrillo y al darle la espalda al viento vio a lo lejos, en uno de los escasos bancos dispuestos sobre el andén, a un hombre y una mujer. Él estaba sentado y extendía los brazos sobre el respaldo; ella, echada, mantenía la cabeza apoyada en sus piernas. Dio unos pasos desganados en su dirección, fijó la vista y enseguida se dio la vuelta con un movimiento brusco, al comprobar que la mujer estaba tendida boca abajo y movía rítmicamente la cabeza sobre él. Entró con prisa en el recinto de la estación, donde volvió a sentarse con un ademán de abatimiento.
Apenas habían transcurrido diez minutos.
Había querido perder el tren. En realidad, habría querido perder todos los trenes que condujeran de vuelta hacia él. Aquella mañana se había demorado expresamente, enredándose en quehaceres absurdos para dilatar el tiempo; había hecho y deshecho una y otra vez el equipaje, escudándose en una indecisión postiza sobre la ropa adecuada, y había marcado repetidamente las primeras cifras del número de Joaquín, tentada de declinar definitivamente su invitación.
Y ahora estaba en la sala desierta de una estación despoblada, en medio de un páramo batido por gélidos vientos, a unos metros de una mujer que le hacía una mamada a un tío tan torpe como para dejar sus manos quietas en el respaldo del banco, y esperando un tren que la devolvería a su antigua vida, a su relación de manos torpes, de páramos batidos por gélidos vientos, de salas desiertas y de trenes perdidos.
Con un clic repentino se puso en marcha una voz femenina anunciando la llegada del tren con destino a Málaga en el andén dos. Apagó el móvil, salió del edificio y se adentró en el paso subterráneo que cruzaba la vía hacia el segundo andén. El banco a unos metros frente a ella estaba de nuevo vacío. Una faena rápida, pensó, y con una sonrisa volvió la cabeza hacia la izquierda, donde ya se adivinaba la silueta lejana de un tren de regreso que no iba a perder.