BLOG DE ADA VALERO
Relatos, reflexiones, artículos de opinión, citas, imágenes que valen más que mil palabras, palabras que valen más que mil imágenes, música y músicos, películas, libros... Todo lo que me gusta compartir. Desde este Rincón a vuestros rincones.

viernes, 29 de enero de 2010

De las Propuestas contra la molicie de R. Lobo


Una película: Vi La cinta blanca de Michael Haneke con tres amigos. Sólo me gustó a mí. Uno de ellos incluso despotricaba: “Estoy harto de este tipo de cine pretencioso”. Es lenta, asfixiante (esencial para crear el clima del argumento) y larga (145 minutos que no sobran). Me parece una gran película que recoge con perfección el ambiente previo a la llegada del nazismo en Alemania. Ese tipo de educación castrante, creadora de miedos, sentimientos de culpabilidad y múltiples inseguridades no está tan lejos de la que se impartía en la España que me tocó vivir en mi infancia. Me gustó el juego del principio con el enfoque que cobra sentido al final. No es un filme que busque dejar escapatorias al espectador. No las hay, porque de pueblos como este surge el motor que organizó la Shoa y otros muchos crímenes, un motor que de alguna forma sigue en marcha: Camboya, Ruanda, Sierra Leona… Cinta obligatoria, aunque sea para criticarla.

jueves, 28 de enero de 2010

Magnético, conmovedor... Escena de El pianista

De El lector (Bernhard Schlink)

"¿Será eso lo que me entristece? ¿El celo y la fe que me colmaban en aquella época, mi empeño en arrancarle a la vida una promesa que de ningún modo podía cumplir? A veces veo en las caras de los niños y los adolescentes el mismo celo y la misma fe, y los veo con la misma tristeza con que recuerdo los míos. Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?"

LA CAJA


Fue mi abuela quien descolgó el teléfono una mañana de domingo y, en cuanto comprendió que la llamada procedía de Alemania, me la pasó. La voz desconocida dijo ser mi tía Anette, la única hermana de mi padre, y me comunicaba su fallecimiento. Había expectación entre el ligero temblor de sus palabras. La supuse impaciente por comprobar cómo acogería la noticia del paro cardiaco de aquel hombre de quien yo sólo tenía el apellido, algunos rasgos físicos y la larga experiencia del abandono. Me sentí torpe en la obligación de mostrarme afectada. ¿Esperaba de mí algún dolor? Nada de eso. Había recuperado mi sitio en el mundo: al fin era declarada huérfana quien llevaba tantos años siéndolo.
Me habló de una caja con pertenencias de mi padre franqueada en la estación de Dreisamtal. Había dispuesto en su testamento que se me hiciera llegar.
Desde la llamada transcurrieron tres semanas y cuatro días, tiempo de sobra para llenar, vaciar, volver a llenar y volver a vaciar la caja de mi padre en mi imaginación. En ella habría sin duda cartas: un padre que abandona a una hija seguro que tiene mucho que decir y yo apostaba a que más de una carta empezaría lamentando las limitaciones del lenguaje, la impotencia de las palabras, ya se sabe, un "no sé cómo explicarte para que me entiendas" o "qué puedo decirte que te convenza de que no tuve otra salida".... fórmulas por el estilo, la habitual palabrería de un moribundo con la necesidad de descargar su conciencia. ¿Qué más? ¿Qué más le deja un padre-ausente-que-sabe-que-se-va-a-ausentar-definitivamente a la hija abandonada? Las joyas de la familia, tal vez, el anillo de pedida prehistórico heredado de generación en generación, eso une mucho. Y fotos, sí, estaba convencida de que habría fotos en el interior de la caja, imágenes de la trinidad perfecta que fuimos alguna vez, padre, madre e hija, yo todavía en brazos probablemente, ellos sonrientes, cuánto nos queremos, qué felices somos, qué completos ahora que hemos sellado nuestro amor con esta hija... ¿Y libros? Quizás, como buen alemán, algún volumen de cuentos de los hermanos Grimm, de esos que nunca me leyó antes de dormir, qué fallo imperdonable, con lo que ayudan los cuentos al desarrollo afectivo, cognitivo y emocional de los hijos... Hänsel y Gretel, por ejemplo, qué adecuado, mira que si abro la caja y me la encuentro llena de miguitas de pan... ¿Y discos? ¿Qué música escucharía mi padre en sus ratos libres? ¿Sería el tipo intelectual amante de los clásicos, los alemanes a la cabeza, o le tirarían más las figuras del jazz y el blues? O tal vez fuera más bien un progre trasnochado, superviviente del flower-power... La verdad es que contra una buena colección de discos no tendría nada que objetar.
¿Y qué más, a ver? Algún cuadrito de los que adornaron su casa de padre desertor, quizás, o diarios de pensador amateur con complejas reflexiones sobre la vida y sus vaivenes, o su vieja estilográfica, o sus gafas, o los gemelos que le regaló mi madre cuando se prometieron, o las cartas de amor que se escribieron en los tiempos de ausencia...
Tras tres semanas y cuatro días de fantasear sobre el contenido de la caja, encontré en el buzón el volante amarillo de la oficina de correos anunciándome la llegada de un envío procedente de Alemania y el plazo de dos semanas para pasar a retirarlo.
Esperé, ya lo creo que esperé, presa de la rabia, del resentimiento acuñado durante veintidós años, del deseo de vengarme abandonando su caja en el almacén de una oficina de correos como él me abandonó a mí. Dejé que el tiempo pasara y al cabo de seis semanas me presenté en la oficina de correos con mi volante amarillo. Demasiado tarde, me dijo con indiferencia la chica de la ventanilla, el paquete ya ha sido devuelto.
Simulé una mueca de contrariedad y abandoné la oficina. Pues eso, papá, demasiado tarde. Una pena por la colección de discos.
***

CRUCE DE AUSENCIAS


En el largo silencio de esta noche
sólo el rumor opaco de la lluvia,
pasajera de mayo.
No llega el sueño: la luz
de la ciudad dormida puebla
con sus haces brillantes las paredes.
Noche en que la memoria
tiende su fraudulenta red
mientras, insomne,
se apacigua el pasado en mi cabeza.
La amargura de ayer llenó de sombras
el equipaje extenso del recuerdo.
Allí quedaron, en su penumbra gris,
oscurecidos,
los rastros del amor:
tanta dulzura
oculta como el cielo sobre un bosque
tupido en los umbrales del otoño.
Fui viajera en el alba de mi vida,
anduve desterrada, eché de menos
la cálida caricia de las voces.
No pudo la costumbre,
los años transcurridos no supieron
asimilar jamás la lejanía
y así aprendí lo larga que es la ausencia.
De tanto tiempo lejos ya no queda
apenas más memoria que el regreso
y una conciencia intacta
que proyecta
también en el presente su nostalgia.
Si algo sé de la vida es cuánto tarda
el sueño en despertar o cuántas veces
encallan los anhelos en la arena
y cómo el tiempo
se ocupa asiduamente del olvido.

Pero hay noches insomnes
cada tantas lunas,
transidas de murmullos,
del rumor de la lluvia. A veces
el zumbido lejano de algún coche,
ruido de llaves desde los portales,
noctámbulos vecinos que regresan
con cada madrugada a sus hogares.
El sueño se me niega y la vigilia
desata la memoria.
Su fraudulenta red traspasa la penumbra
mientras en mi cabeza
el tiempo se desanda:
de vuelta del viaje hacia el olvido
sólo queda el pasado apaciguado,
el hábito del sueño,
la íntima reticencia a ahuyentar el recuerdo
y una lección vital:
en todos los caminos
se cruzan las ausencias.
Busco de nuevo en un cajón las cartas
que nos dictó el amor.
En su tacto los años imprimieron
surcos en que las letras se deslizan,
trazos de arrugas desbordando el hilo
horizontal y firme de tu caligrafía.
Qué lejos del adiós aún los sueños,
cuánto afán concebido y malgastado
para vencer el mal de la distancia:
de ciudad a ciudad,
de costa a costa,
nuestro amor hilvanando las palabras
ebrias de soledad y literatura.

No es éste el corazón que te leyó despacio
navegando
el azul de las líneas que la tinta trazó,
mar de palabras
como livianas olas en beso por la quilla.
Cómo ignorar las sombras del presente
dispuestas a borrar el brillo de sus luces
o a presentir el fraude,
la emboscada
perdiéndome en la trampa de los nombres.
Hoy es un corazón curtido en hielos
quien desgrana tu letra
mientras siente
que todas las palabras son casas despobladas
donde el tiempo vengó su evanescencia.

EL JOYERO


Hace tiempo que ha dejado de asomarse. Ya no pega los ojos al cristal, dejándome esa huella cálida de vaho que quisiera poder retener siempre un poco más, ni juega con el botón para escuchar el breve timbre de la apertura, ni revuelve alegremente mi contenido. Fui su primer regalo y la promesa de muchos más. Alberto me entregó con un gesto lento, solemne, en sus ojos estaba todavía ese brillo entre emocionado y expectante, un aviso de sonrisa. Te voy a tener como a una reina, fue lo que le dijo, y aquí guardarás las joyas de tu corona. Eva dio palmas, soltó una de sus suaves carcajadas, dibujó un gesto infantil de sorpresa e impaciencia por deshacer el envoltorio y cuando me tuvo entre sus manos e hizo girar la apertura, me abrí con un tín que quiso ser dulce, le mostré mi interior desnudo y comprendí que en el momento que introdujera su mano en él, sería suyo para siempre y ella, ella y sus manos buscando unos pendientes o un collar, ella y sus ojos inspeccionando el contenido, recreándose en la contemplación de la nueva joya que le ha regalado Alberto, ella y su aliento empañándome el cristal, serían la razón de ser de mi futura existencia. ¡Pero es enorme!, recuerdo que exclamó, halagándome como sólo ella sabía hacerlo antes de la época en que Alberto empezó a traerle alguna fruslería para calmar su mala conciencia. El tamaño debía darle una idea de lo mucho que la amaba. Él no se acuerda, pero yo sé aún que al principio nada era demasiado para su proyecto de reina de Saba, y no se me olvida su mirada de cordero degollado mientras le contestaba que debía ser grande para que cupieran en mí todas las joyas que pensaba regalarle en todos los años que permanecería a su lado, loco por ella, como hoy, como el primer día, le aseguró.
Pero el de los años a su lado he sido yo. Sobre la cómoda, leal, paciente, inmóvil, sólo yo he permanecido como entonces, como el primer día, aguardando las fiestas y las salidas a cenar, los aniversarios, las ocasiones especiales, esperando hasta sentir sus pasos acercándose... Qué guapa se ha puesto hoy, con ese vestido le irían de maravilla los pendientes de zafiros a juego con el colgante que resalta sus clavículas tostadas. Me abre y me las apaño para que tarde en dar con ellos y así poderme recrear en el aroma de su mano, ya perfumada. La felicidad es la prolongación de la búsqueda, cuando está indecisa y me acaricia las entrañas, dudando antes de elegir la joya adecuada; o la certeza del regreso, cuando llega de la fiesta y sus gestos tienen la lentitud del sueño, y me abre con la suavidad que le proporciona la somnolencia para guardar esas joyas en las que a veces me parece que aún perduran el calor y el olor de su piel.
Pero hace tiempo que ha dejado de asomarse. Ya apenas se recrea en la contemplación de mi interior: cada joya desata un recuerdo que desemboca en una nueva amargura, mientras a mí me araña el frío de los metales preciosos y se me clavan las aristas de las piedras, llenándome las entrañas de heridas iguales a la suya.
***